![]() |
HUMOR MUSICAL El espectáculo se llamará "Lutherapia" porque se desarrolla a lo largo de una sesión de terapia psicoanalítica. El analista es Marcos Mundstock y el paciente Daniel Rabinovich. De la conversación entre ambos surgen los temas que darán paso a cada uno de los desopilantes números que conforman el show. Entre éstos habrá una obra ambientada en las expediciones de los Cruzados a Tierra Santa, un oratorio sobre un flautista y una plaga de ratitas que asuela una ciudad, un vals criollo construido sobre un trabalenguas, una galopa paraguaya, una cumbia filosófica y una ópera que narra la llegada del demonio a la Tierra. Las diez obras son nuevas, excepto la llamada "Pasión Bucólica", estrenada en 1985 en el show "Humor Dulce Hogar". Subtitulada "Vals geriátrico", presenta a dos encantadoras viejecitas que alternan su graciosa cháchara con la música que ellas interpretan. Varios instrumentos nuevos desfilarán por el escenario. Uno de ellos es una ingeniosa "arpa de luz", cuyas cuerdas son tubos de luz de neón. Otro está confeccionado con pelotas de fútbol, es creación de Fernando Tortosa y fue el primer premio en el concurso de instrumentos que Les Luthiers organizó el año pasado en celebración de su cuadragésimo aniversario. Otra serie de instrumentos ha sido elaborada sobre muebles de diseño Thonet. Se trata del mobiliario creado por Michael Thonet (1796-1871), un industrial alemán cuya empresa ganó la medalla de oro en la Feria de París de 1867. La República / Uruguay / 26 /jul / 2008 |
LUTHERAPIA EN EL TEATRO GRAN REX El nuevo espectáculo de la agrupación ratifica todo aquello que la hace única e irrepetible. Con absoluta naturalidad, Les Luthiers logra compatibilizar excelencia académica, soltura actoral y gracia colectiva. Sus fans, agradecidos. Si sólo se tratara de los instrumentos, de esa “exorcítara” de la que nada puede adelantarse, o del arpa construida con una tapa de inodoro, o de viejos conocidos como la flauta de pan construida con tubos de ensayo o el “latín” o violín de lata, y del virtuosismo que Les Luthiers ha logrado en su ejecución, alcanzaría. Si no hubiera otra cosa que la fenomenal parodia de estilos y la perfección con la que logran pasar de un rock pesado que habla de los ruidos de la ciudad a una balada folkie –una especie de “Mañanas campestres”– en la que hablan de los ruidos del campo, o la exactitud de la escritura mozartiana en el número final o del medievalismo del que abre Lutherapia, su nuevo espectáculo, sería suficiente. Como lo sería, desde ya, el desopilante guión que urde la trama y algunos chistes memorables que salpican la delirante relación entre un musicólogo conflictuado –encargado de un trabajo sobre la obra de Mastropiero, por supuesto– y su psicoanalista. Pero este grupo que ya hace cuarenta y un años que reafirma su vigencia se caracteriza por el exceso. Y esta vez vuelve a demostrar que todo aquello que por separado sería meritorio –excelencia en la escritura musical, virtuosismo en la ejecución de instrumentos imposibles, precisión en la sátira de géneros y estilos, soltura actoral, gracia personal y buenos chistes colectivos–, todo junto es un milagro. O, en todo caso, lo que hace a Les Luthiers únicos e irrepetibles. Escenas como la lectura de la carta del paciente (voz de Rabinovich en off) por el terapeuta –Mundstock, obviamente–, la cumbia compuesta para la Universidad de la Sorbona –por un pequeño error de interpretación de Mastropiero– en la que la simple confrontación del mundo bailantero con el de la filosofía produce toda una cadena de significaciones de la que tampoco corresponde adelantar nada, salvo, quizá, que para los asistentes al espectáculo la palabra “epistemología” ya nunca vuelva a ser lo que había sido, o el “tarareo conceptual” del “aria agraria” que se entronca con viejos ingenios como la canción en falso ruso o aquel scat –también conceptual– armado con frases como “probará varón tu piba”, están, sin duda entre los “grandes hitos” –para tomar uno de sus títulos– de Les Luthiers. La estructura de Lutherapia, con un hilo conductor en la resolución del trauma del musicólogo –y un remate a lo Hitchcock– y algún elemento que, como sucedía en la composición de aquel himno patriótico, pasa de número a número, es absolutamente eficaz y allí aparece, además, el otro sostén del milagro: la formidable empatía que establece el grupo con un público que llena la sala del Gran Rex –y que poco antes de comenzada la función continuaba haciendo cola para sacar entradas para las funciones venideras– y que festeja con pasión cada uno de los chistes y canciones. Un público, además, en el que abundan las familias con hijos pequeños, poniendo de manifiesto un pasaje de la posta lutherista que los padres y hermanos mayores se empeñan en perpetuar. Son más de cuatro décadas y ya varias generaciones de fanáticos crecieron junto a ellos. Y ése, tal vez, sea el último prodigio. Que en un país donde todo lo provisorio resulta definitivo y en que lo definitivo acaba siendo provisorio, Les Luthiers siga estando.Diego Fischerman 07-09-08 - Página/12 (Arg.) |
INTELIGENTES Y VIGOROSOS, Como en Los Premios Mastropiero, su espectáculo anterior, Les Luthiers eligió sostener sobre un eje temático el desarrollo de Lutherapia, su nuevo trabajo. Tras el típico saludo inicial, dos de sus integrantes quedan rezagados y comienzan una charla. Así se sabe que uno de ellos es Ramírez (Daniel Rabinovich) y el otro Murena (Marcos Mundstock), y de manera más ostensible que el primero es un carne de cañón de manual y el otro un "psicólogo diplomado". De ahí en más -y mientras el tránsito de palabras entre ellos arranca las primeras carcajadas con su destilado de referencias a todas las relaciones posibles entre analistas y pacientes- el espectáculo toma la estructura de una serie de sesiones de terapia. Una chaise longue y un sillón rojo son la escenografía. El paciente debe escribir una tesis sobre Mastropiero y eso lo angustia. El teatro, repleto, intuye lo que vendrá: la evolución de una terapia, contada en esas viñetas tan Les Luthiers, quienes procuran que cada poderoso segmento musical esté enroscado a momentos de gran comedia verbal, retruécanos elegantes, gestos que sí hacen reír. De allí en más se suceden Las bodas del Rey Pólipo (con el subtítulo preciso de marcha prenupcial); Rhapsody in Balls (un sueño donde a un pianista de blues que es el notable Núñez Cortés lo interrumpe Maronna con el Bolarmonio, un enorme instrumento estreno hecho con pelotas de fútbol); El flautista y las ratas (un flautista que toca una melodía que estimula sexualmente a las ratas); Dilema de amor (lo mejor del espectáculo, capaz de burlarse de las que se suponen alta y baja cultura al mismo tiempo); Aria agraria (magnífico canto a voces, con la música jugueteando con las palabras y una clásica canción con raíces en lo absurdo que llega a buen puerto). El último cuadro, camino al alta del paciente y revelador de los motivos de su neurosis (y también de secretos ocultos del mismísimo Mastropiero) es El día del final, una cantata que involucra el nacimiento del anticristo y un exorcismo a cargo del otro instrumento presentado para este show; la luminosa exorcítara (atención con este sketch: acaso el grupo no haya tocado un tema más álgido en su carrera). A todo esto, la gente ya no puede más de risa: Les Luthiers le ha sacado lustre a la leyenda y volvió a crear un espectáculo inteligente, vigoroso, con un anclaje innegable Un bis para después de la ovación: el inolvidable El explicado. Que, como siempre, explica también tantos años de fidelidad de la platea. |
![]() |